“Cada vez que respiro, siento que algo me quema por dentro”, parecería decir si pudiera hablar. Las heridas que cubren su cuello no son solo físicas, sino también el reflejo de la soledad, el abandono y el rechazo que ha sentido de parte del mundo.
Muchos lo miran con miedo, otros con asco. Pero pocos se atreven a acercarse, a pesar de que sus ojos aún suplican una sola cosa: ser salvado. No quiere lujos, no quiere promesas. Solo desea una oportunidad de sanar, de sentir un poco de cariño antes de que su cuerpo ya no pueda más.
Este perrito no tiene nombre, ni hogar, pero tiene esperanza. Y esa pequeña chispa de vida que aún brilla en él es un llamado urgente a la compasión.
