Pero un tren a toda velocidad irrumpió en la oscuridad. No hubo advertencia, ni oportunidad de escapar. Cuando llegó la mañana, la encontraron inmóvil junto a las vías, su enorme cuerpo ahora en silencio.

Entre las lágrimas de los aldeanos, se vieron restos de frutas y hierba — las humildes señales de su desesperada búsqueda de alimento. Niños observaban, aprendiendo de golpe cómo el progreso humano puede destruir a los seres que comparten nuestra tierra.

Lo más desgarrador: huellas de un pequeño elefante cerca, rodeando a su madre antes de desaparecer entre los árboles. Nadie sabe dónde está ni si sobrevivirá. Una imagen que deja al pueblo sin palabras, recordando que en la lucha entre humanos y naturaleza, los más inocentes suelen pagar el precio.
